Día Séptimo

Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo aún no nacido al Creador del Universo, hecho hombre; contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable, obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia, como si hubiese para El en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiese aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito, en el momento en que venía al mundo.  ¿No es extraño que la humillación, que causa tan invencible repugnancia a la criatura, parezca ser la única cosa creada que tenga atractivos para el Creador?  ¿No nos enseñará la humildad de Jesús a amar esa hermosa virtud?

¡Ah! Que llegue el momento en que aparezca el deseado de las naciones, porque todo clama por ese feliz acontecimiento.  El mundo sumido en la oscuridad y en el malestar, buscando y no encontrando alivio de sus males, suspira por su libertador.

El anhelo de Jesús y la expectativa de María son cosas que no puede explicar el lenguaje humano.  El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su Hijo único al mundo, y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles.  El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa Humanidad tan bella, que El mismo ha formado con tan especial y divino esmero.

En cuanto al Divino Niño, motivo de tantos anhelos, recordemos que hacia nosotros avanza lo mismo que lo hacía cuando se dirigía a Belén.  Apresuremos con nuestros deseos el momento de su llegada; purifiquemos nuestros corazones para que sean su mansión terrenal.  Que nuestros actos de mortificación y desprendimiento preparen los caminos del Señor y hagan rectos sus senderos.

(Todo lo demás como el día primero)